Entre el arte y el miedo, los músicos peruanos enfrentan una realidad donde cantar se ha vuelto un acto de valentía y supervivencia, ante un Estado que guarda silencio.
La creciente inseguridad en el país no solo golpea a comerciantes, transportistas o empresarios, sino también al mundo del espectáculo. Tras el atentado contra la orquesta Agua Marina en el distrito de Chorrillos —considerado por muchos el detonante político que precipitó la vacancia de la expresidenta Dina Boluarte—, los músicos viven entre el temor y la incertidumbre. En entrevista para el programa ´Diálogo Ciudadano´, la cantante Jazmín Noriega, integrante de la agrupación Daylú Orquesta e interna de psicología, expresó su preocupación por la situación que atraviesan los artistas locales, quienes ahora deben pensar en su seguridad antes que en su arte.
“Nosotros también vivimos con miedo”, confesó Noriega. “Mientras más conocida es una agrupación, mayor es el temor. Algunos colegas incluso han dejado de trabajar por proteger a sus familias”. La joven relató que muchos intérpretes han optado por presentaciones pequeñas y privadas, evitando los conciertos masivos donde el riesgo de un ataque es mayor. “Ya no se trata solo de los grupos grandes, esto se ha extendido a todos los niveles”, añadió.
El miedo, sin embargo, no detiene del todo a quienes encuentran en la música su sustento. Noriega explicó que las orquestas locales han empezado a tomar medidas de precaución: movilizarse siempre en grupo, evitar zonas peligrosas y coordinar con choferes de confianza para los traslados nocturnos. La compra de chalecos antibalas, una medida adoptada por algunas agrupaciones, aún resulta impensable para muchos por su alto costo. “Es una buena opción, sin embargo es una inversión, señaló.
Desde su doble rol como cantante y psicóloga, Jazmín advierte también sobre el impacto psicológico de la violencia. “Hay miedo, hay trauma. Yo misma fui testigo de un asesinato en un bus, y ese recuerdo me marcó”, contó. Pese al temor, la artista insiste en que seguirá cantando, aunque en escenarios más pequeños. “No podemos dejar de trabajar, pero tampoco podemos arriesgar la vida. La cultura está siendo víctima del miedo, y el Estado parece no escuchar”, concluyó.