VICIAR O NO VICIAR EL VOTO

En cada segunda vuelta electoral aparece una discusión que divide conciencias: ¿es legítimo viciar el voto, votar en blanco o anular la cédula cuando ninguna candidatura convence? Para muchos ciudadanos, el voto viciado puede parecer una forma de protesta frente a opciones que consideran corruptas, autoritarias o alejadas del pueblo.

Categoria : Editorial
Fecha de publicacion : 03 de junio de 2026 a las 07:58 a. m.
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Pero en el Perú real, en el país de los barrios populares, del mundo andino y amazónico, de los mercados, de las ollas comunes y del trabajo informal, la discusión suele ser más dura y más concreta: primero comer, después la moral.


Porque para millones de familias pobres, las elecciones no son un debate filosófico. Son una cuestión de supervivencia. Y cuando un sector vulnerable siente que una candidatura puede empeorar aún más su economía, quitarle derechos o aumentar la exclusión, entonces el voto deja de ser una expresión simbólica para convertirse en una decisión práctica.


Allí surge una pregunta incómoda: ¿Puede un acto éticamente coherente producir consecuencias socialmente injustas?


Muchos ciudadanos pobres lo dicen con crudeza: “si no elegimos, otros elegirán por nosotros”. Y en sociedades tan desiguales como la peruana, quienes suelen pagar las peores consecuencias de las malas decisiones políticas no son las élites, sino precisamente los más pobres.

Los derechos humanos, el desempleo, el aumento de precios, la reducción de derechos laborales, la privatización de servicios básicos o la criminalización de la protesta no golpean igual a todos. Golpean con más fuerza a quienes viven al día.


Por eso, mientras algunos defienden el voto viciado como un gesto de dignidad moral, otros lo ven como un lujo político que no todos pueden darse. Porque hay ciudadanos que sienten que no tienen espacio para la pureza ética cuando la urgencia cotidiana es trabajar más de 15 horas diarias para llevar la comida a la mesa.


Y quizá allí está el verdadero drama democrático del Perú: un país donde millones de personas deben elegir no entre esperanza y futuro, sino entre distintos niveles de precariedad y miedo.


La pregunta entonces no es solamente si el voto viciado es ético o no. La pregunta es más profunda: ¿qué ocurre cuando la democracia deja a los ciudadanos y ciudadanas más vulnerables atrapados entre la indignación moral y la necesidad de sobrevivir?


Porque mientras el debate político ocurre en estudios de televisión y redes sociales, en muchos hogares peruanos la política se resume en una frase sencilla y dolorosa: “primero comer, luego la moral”.  Por tanto, el voto viciado o blanco no tiene ningún sentido transformador y menos humano. 


Así que, frente al orden, el miedo y el autoritarismo encarnado en Keiko Fujimori; votar por la concertación y el consenso nacional con Juntos por el Perú y Sánchez  es lo justo, democrático y transformador para la mayoría de peruanos.