Cuando Torres afirmó que la salida de Castillo fue una “suma de esfuerzos” entre el Congreso, sectores de la prensa y el Ministerio Público, abrió una puerta peligrosa: la percepción de que sí existió una operación coordinada para sacar del poder a un presidente elegido democráticamente.
En política, las percepciones pesan tanto como los hechos.
Durante años, el fujimorismo sostuvo que la vacancia y posterior caída de Castillo fueron consecuencia exclusiva de su incapacidad, las denuncias de corrupción y su intento de golpe de Estado del 7 de diciembre de 2022. Pero las palabras de Miki Torres contradicen esa narrativa y alimentan el discurso de quienes sostienen que hubo una alianza entre poderes políticos, mediáticos y judiciales para derribar a Castillo antes de terminar su mandato.
¿Por qué esto perjudica a Keiko Fujimori?
Porque revive el principal problema histórico del fujimorismo: la imagen de manipulación del poder y control de instituciones. En un país donde existe una profunda desconfianza hacia la clase política, la idea de que un grupo coordinó la caída de un presidente puede fortalecer el antifujimorismo, especialmente en los sectores populares y del sur andino, donde Castillo aún conserva respaldo simbólico.
Además, la declaración ocurre en un momento especialmente sensible. Keiko intenta presentarse como una candidata moderada, democrática y conciliadora. Incluso analistas señalan que su estrategia actual busca alejarla de la imagen autoritaria que marcó campañas anteriores. Pero las palabras de su propio entorno vuelven a conectar su candidatura con prácticas asociadas al uso del poder político para controlar gobiernos y adversarios.
Y hay otro factor clave: el recuerdo del 2021.
Una parte importante del electorado no vota necesariamente “a favor” de Keiko o de sus rivales, sino “en contra” de alguien. El antifujimorismo sigue siendo uno de los fenómenos políticos más fuertes del país. Incluso encuestas recientes muestran que la desaprobación hacia Fujimori sigue siendo alta. Declaraciones como las de Miki Torres reactivan ese rechazo emocional.
Las redes sociales explotaron precisamente por eso. Muchos ciudadanos interpretaron sus palabras como una “confesión política”. Otros defendieron que Castillo cayó por su propio intento de golpe. Pero el daño ya estaba hecho: el debate dejó de centrarse en los errores de Castillo y volvió a enfocarse en el poder del fujimorismo.
Keiko Fujimori intentó corregir rápidamente el impacto señalando que la salida de Castillo fue “una reacción de toda la sociedad civil” frente a la corrupción y el golpe de Estado. Sin embargo, en política, las aclaraciones rara vez tienen la misma fuerza que la primera declaración.
Miki Torres quizá quiso defender el rol opositor del Congreso y de la prensa. Pero terminó entregando munición política a los adversarios de Fuerza Popular.
Y en una elección polarizada, un solo error puede reactivar un miedo que parecía dormido.