La segunda vuelta del domingo 7 de junio presenta a dos candidatos claros: Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú; en ese sentido, se configura un escenario similar al de las elecciones de 2021, por lo que la encuestadora Ipsos realizó un sondeo en el que planteó la siguiente pregunta: “¿Por quién votaría en la segunda vuelta si los candidatos fuesen Roberto Sánchez por Juntos por el Perú y Keiko Fujimori por Fuerza Popular?”; en consecuencia, los resultados muestran un empate técnico, ya que ambos candidatos alcanzan el 38% de intención de voto, mientras que un 17% de los encuestados optaría por votar en blanco o viciado y un 7% no precisa su elección, de modo que estos datos reflejan un posible escenario electoral, por lo tanto, desde este medio de comunicación también realizamos una consulta sobre esta situación.
En el distrito de Villa El Salvador, la calle vuelve a ser un indicador político de cara a las elecciones generales de 2026. A través de una reveladora pregunta —qué harían los ciudadanos si mañana fuera la segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez— emerge un sentimiento compartido: la incertidumbre. No hay una decisión firme, sino una espera activa por propuestas claras, señales concretas y, sobre todo, garantías de cambio en un país golpeado por la inestabilidad.
La principal preocupación ciudadana no gira en torno a ideologías, sino a la seguridad. La delincuencia y las extorsiones se han convertido en el eje de la angustia cotidiana. El testimonio recogido refleja un miedo real: ni siquiera durante una entrevista una persona se siente segura. Este clima de inseguridad exige algo más que promesas; demanda liderazgo efectivo y políticas inmediatas. Sin embargo, la desconfianza persiste, alimentada por la percepción de que los presidentes llegan con buenas intenciones, pero terminan atrapados en redes de corrupción o bloqueados por un Congreso confrontacional.
A esta inseguridad se suma el hartazgo por la crisis política crónica. La sucesión constante de presidentes en los últimos años ha erosionado la fe en las instituciones. Para muchos ciudadanos, el problema no es solo quién gobierna, sino cómo se gobierna. La sensación de que el poder real no siempre reside en el Ejecutivo, sino en intereses políticos y parlamentarios, debilita cualquier expectativa de cambio. La evocación de épocas pasadas, donde los mandatos se cumplían con estabilidad, contrasta con el presente fragmentado que vive el Perú.
Finalmente, la segunda vuelta se presenta no como una elección entre dos proyectos sólidos, sino como una decisión forzada entre opciones que no terminan de convencer. Algunos votantes mantienen lealtad a candidatos que no lograron pasar, mientras otros apelan al “voto patriótico” o al rechazo de ciertas figuras políticas. En este escenario, más que adhesión, predomina el voto crítico o resignado. El reto para ambos candidatos será, en este corto tramo, transformar la desconfianza en credibilidad y demostrar que aún es posible reconstruir la relación entre el Estado y la ciudadanía.