EN EL PERÚ, CAMBIAR DE PRESIDENTE ES TAN COMÚN COMO CAMBIARSE DE ROPA

El 12 de febrero de 2026, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) realizó el sorteo que definió la ubicación de los 38 partidos políticos en la cédula de sufragio para las Elecciones Generales 2026. La nueva cédula —que por primera vez incluirá cinco columnas para elegir fórmula presidencial, senadores nacionales y regionales, diputados y representantes al Parlamento Andino— refleja la complejidad de un proceso que no solo ordena candidaturas, sino que encarna una decisión histórica. En un país tensionado por la inseguridad y la incertidumbre política, cada casilla impresa representa una opción de futuro y una responsabilidad colectiva.

Categoria : Editorial
Fecha de publicacion : 19 de febrero de 2026 a las 09:59 a. m.
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El Perú atraviesa una encrucijada marcada por la expansión del crimen y el debilitamiento de la confianza pública. Más de 2,5 millones de jóvenes acudirán a las urnas por primera vez en un contexto donde el miedo ha ganado terreno en los barrios y la política parece incapaz de ofrecer certezas. La coincidencia es inquietante: la inseguridad y la desafección política pueden convertirse en un cóctel que erosione aún más los cimientos democráticos. Sin embargo, también puede ser el punto de partida para una renovación generacional que revitalice el debate público y exija cambios profundos.

La fragilidad institucional no es una percepción, sino una estadística contundente. Desde 2016 hasta octubre de 2025, el país tuvo siete presidentes: Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte y, brevemente, José Jerí. Nueve años, siete mandatarios: una secuencia de renuncias, vacancias y transiciones aceleradas que ha instalado la sensación de provisionalidad permanente. La reciente censura contra Jerí, aprobada por amplia mayoría, es un capítulo más de una dinámica en la que el control político, legítimo en su diseño constitucional, se ha transformado en un factor de inestabilidad recurrente.

Frente a este panorama, la democracia peruana exige algo más que relevo de nombres: demanda ciudadanía activa y vigilancia constante. La juventud no puede limitarse a votar; debe cuestionar, proponer y comprometerse con la construcción de instituciones sólidas. Escucharla y abrirle espacios reales no es un gesto simbólico, sino una condición indispensable para romper el ciclo de crisis sucesivas. En las próximas elecciones no solo se definirá quién gobierna, sino si el país es capaz de transformar la incertidumbre en oportunidad y recuperar la esperanza en un Perú más justo, libre y en paz.