EL CHIFA DE JOSÉ JERÍ DE LA PERDICIÓN

El llamado “Caso Chifagate” ha puesto nuevamente en evidencia una de las debilidades más persistentes de la política peruana: la oscuridad en el ejercicio del poder. Las reuniones no registradas del presidente encargado José Jerí con el empresario chino Zhihua Yang no solo representan una falta administrativa, sino que abren una seria interrogante sobre la ética y la transparencia que deben regir la más alta investidura del país. En un contexto de profunda desconfianza ciudadana hacia las autoridades, cualquier acción que se aparte de la legalidad mina aún más la credibilidad del Estado.

Categoria : Editorial
Fecha de publicacion : 26 de enero de 2026 a las 09:22 a. m.
Compartir :
Comentarios:
#Chifagate #JoséJerí

Las contradicciones en las versiones ofrecidas por Jerí agravan el escenario. Negar hechos que luego son desmentidos por pruebas audiovisuales —como el dominio del español por parte del empresario involucrado— no solo debilita su defensa política, sino que refuerza la percepción de que se intenta ocultar información relevante. En política, la verdad a medias suele ser más dañina que el error inicial, y en este caso, la falta de coherencia ha alimentado sospechas legítimas sobre posibles actos de corrupción.


Desde el plano legal, las advertencias de penalistas y la apertura de una investigación fiscal confirman que el caso ya no es solo mediático, sino potencialmente penal. El hecho de que se trate de reuniones con un presunto contratista del Estado eleva la gravedad del asunto y exige una investigación exhaustiva e independiente. La presión ejercida por el Congreso, mediante mociones de censura y vacancia, refleja no solo un conflicto político, sino una respuesta institucional frente a un posible quebrantamiento del orden democrático.


Finalmente, la negativa de Jerí a renunciar, acompañada de su disposición condicionada a levantar el secreto de sus comunicaciones, parece insuficiente ante la magnitud del escándalo. En momentos de crisis, la responsabilidad política demanda gestos claros y decisiones firmes. El “Caso Chifagate” no debería convertirse en un episodio más de impunidad, sino en una oportunidad para reafirmar que nadie está por encima de la ley y que la transparencia no es opcional, sino una obligación ineludible para quienes gobiernan.