A puertas de las Elecciones Generales de 2026, el Perú enfrenta no solo un proceso electoral, sino una profunda evaluación moral de su sistema político. La ciudadanía ha dejado claro que el problema ya no es únicamente la falta de propuestas, sino la ausencia de ética y credibilidad en quienes aspiran a gobernar. La desconfianza hacia las instituciones y los partidos es el reflejo de años de corrupción impune, promesas incumplidas y una clase política desconectada de las verdaderas demandas sociales.
El reclamo más contundente del electorado apunta a la necesidad de filtros éticos reales y efectivos. La sola presencia de más de 250 candidatos con antecedentes judiciales o investigaciones por corrupción evidencia una falla estructural que debilita la legitimidad del proceso democrático. Para los ciudadanos, no se trata de una cacería política, sino de una exigencia mínima: que quienes busquen el voto popular lleguen con un historial limpio y un compromiso claro con la legalidad y el servicio público.
La seguridad ciudadana y la lucha frontal contra la corrupción se han convertido en los ejes que definirán el voto en 2026. El crecimiento de la criminalidad y la percepción de un Estado débil han desplazado incluso a la economía como principal preocupación. En este escenario, las propuestas vacías ya no convencen. La población exige acciones concretas, instituciones firmes y un sistema de justicia que funcione sin privilegios ni impunidad, capaz de recuperar la confianza perdida.
Finalmente, el proceso electoral se desarrolla en un contexto de fragmentación política y apatía ciudadana. Ningún candidato logra generar consenso, mientras el voto en blanco o viciado expresa un desencanto profundo. Aun así, la voluntad de participación se mantiene alta, lo que demuestra que la ciudadanía no ha renunciado a la democracia, pero sí está dispuesta a vigilarla con mayor rigor. La transparencia, la neutralidad de los organismos electorales y la depuración del padrón serán determinantes para que el 2026 no sea solo una elección más, sino el inicio de una necesaria regeneración política.