UNA VÍCTIMA MÁS EN UN PAÍS QUE SE DESANGRA ENTRE BALAS Y PROMESAS

          

Categoria : Editorial
Fecha de publicacion : 16 de octubre de 2025 a las 09:22 a. m.
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La noche del miércoles 15 de octubre dejó una nueva víctima en medio de las protestas contra el Gobierno y el Congreso en el Cercado de Lima. Eduardo Ruiz Sáenz, de 32 años, falleció tras ser trasladado al Hospital Arzobispo Loayza, según confirmó la Defensoría del Pueblo. Mientras aún se investiga si murió por impacto de bala, las cifras oficiales revelan la magnitud de la jornada: más de un centenar de heridos entre civiles y policías, en un contexto donde la indignación social se mezcla con el temor y la desconfianza hacia las instituciones.


Esa misma sensación de inseguridad atraviesa todos los ámbitos del país, incluso los escenarios musicales. La noche en que Armonía 10 subió al escenario con chalecos antibalas simbolizó un quiebre: la cumbia peruana, reflejo de alegría y resistencia popular, se vio obligada a blindarse frente a la violencia criminal. El reciente tiroteo durante un concierto de Agua Marina confirmó que el crimen organizado ya no distingue entre calles ni tarimas. Cuando el arte se ve obligado a protegerse para sobrevivir, el país entero muestra su herida más profunda: el miedo se ha convertido en compañero cotidiano.


Las calles enardecidas y los escenarios blindados expresan un mismo reclamo: vivir sin miedo. Las manifestaciones del 15 de octubre no solo buscan cambios políticos, sino respuestas concretas ante la creciente inseguridad y la indiferencia estatal. Sin embargo, la respuesta de las autoridades sigue siendo reactiva y dispersa. El presidente José Jerí ha prometido diálogo y medidas de emergencia, pero mientras tanto, los ciudadanos continúan contando heridos y los artistas ensayan bajo amenaza. La violencia no distingue ideologías, y su expansión revela la fragilidad de un Estado que ha perdido control y credibilidad.


El Perú de hoy baila entre la desesperanza y la resistencia. La imagen de Armonía 10 protegida por chalecos antibalas y la de miles de manifestantes enfrentando gases lacrimógenos resumen el drama de un país que se rehúsa a rendirse. Cultura y protesta se entrelazan como formas distintas de un mismo grito colectivo: recuperar la seguridad, la dignidad y la vida sin miedo. Solo cuando la autoridad deje de ser indiferente y la justicia deje de ser una promesa vacía, el país podrá volver a celebrar —no blindado ni enlutado, sino reconciliado consigo mismo.