El último mensaje a la Nación de la presidenta Dina Boluarte fue extenso en tiempo, pero escaso en contenido político de fondo. Durante más de cuatro horas, la mandataria se aferró a cifras y generalidades, defendió su gestión y apeló al orgullo nacional, pero evitó enfrentar los temas más críticos de la coyuntura. El silencio en torno a la minería informal, la brecha digital, la reforma del Estado y las denuncias que pesan sobre su figura no solo fue notorio, sino también revelador de una preocupante falta de voluntad política para asumir responsabilidades y proponer soluciones estructurales.
Uno de los vacíos más significativos fue la omisión del proceso de formalización minera y del REINFO, tema que ha desatado polémica por favorecer la continuidad de operaciones ilegales bajo una fachada legal. Tampoco se dijo una palabra sobre la prometida fusión ministerial, un compromiso de reforma del Estado que simplemente desapareció del discurso sin explicación alguna. Estos silencios no son casuales: son la evidencia de un gobierno que renuncia a tomar decisiones impopulares pero necesarias, y que opta por la inercia antes que por el cambio.
A ello se suma la indiferencia frente a la brecha digital, un tema crucial en un país donde casi el 80% de los hogares rurales carecen de acceso a internet. La presidenta no mencionó inversiones clave en conectividad, pese a que estaban contempladas en el documento oficial. Esto refleja una desconexión alarmante entre el discurso gubernamental y las necesidades reales de la población. Y como si fuera poco, el discurso ignoró los escándalos que afectan su imagen, como el caso Rolex, el aumento de su sueldo y la permanencia de figuras cuestionadas en su entorno.
En un momento donde el país exige claridad, liderazgo y transparencia, el gobierno de Dina Boluarte parece haber optado por la retórica sin acción. La ausencia de autocrítica, la omisión de temas sensibles y la lectura incompleta del mensaje presidencial configuran una gestión que administra el tiempo, pero no gobierna con visión. El Perú necesita una conducción que asuma retos, no una que los esquive detrás de estadísticas. Lo que quedó claro en este discurso es que la palabra puede ser abundante, pero la sustancia política, escasa.