A pocos días del Mensaje a la Nación por Fiestas
Patrias, la presidenta Dina Boluarte ha adelantado algunas líneas de lo que
será su discurso final antes del cierre de su gestión. Desde una ceremonia
cargada de simbolismo, conmemorando la inmolación del capitán FAP José Abelardo
Quiñones, la mandataria expresó su voluntad de rendir cuentas al país,
reafirmar su permanencia hasta julio de 2026 y proyectar un Perú con futuro. Su
invocación a la unidad y al trabajo conjunto llega en medio de una sociedad profundamente
polarizada, donde las palabras necesitan urgente traducción en hechos.
El acto de recordar a Quiñones como ejemplo de entrega patriótica busca reforzar la narrativa de compromiso institucional del Ejecutivo, especialmente con las Fuerzas Armadas. Boluarte no solo reconoció el rol estratégico de la Fuerza Aérea, sino que prometió modernizarla frente a amenazas actuales. Aunque ese énfasis en seguridad resulta importante, el país también espera que la mandataria reconozca las brechas sociales, el deterioro de servicios básicos y las múltiples demandas ciudadanas postergadas.
El analista Noam López advierte que el verdadero
reto del mensaje presidencial no será el autoelogio por supuestos logros
macroeconómicos —atribuidos más bien a factores externos—, sino lograr una
rendición de cuentas honesta. Tras un año marcado por promesas incumplidas y
una percepción ciudadana que ha mermado su respaldo, el gobierno enfrenta la
obligación de asumir responsabilidades con transparencia. De lo contrario, el
discurso corre el riesgo de convertirse en una formalidad más, vacía de impacto
político real.
En ese contexto, el mensaje del 28 de julio debe ser más que una lista de avances administrativos: tiene que ser una apuesta sincera por la reconciliación nacional. Dina Boluarte necesita hablar no solo como jefa de Estado, sino como ciudadana consciente de los límites y errores de su gestión. Si logra presentar un plan claro, garantizar elecciones limpias y abrir canales genuinos de diálogo, su último año podría marcar una diferencia en cómo será recordada. Caso contrario, la indiferencia ciudadana podría sellar su despedida antes incluso de que se apaguen los fuegos artificiales.