La llegada al Perú de Erick Moreno Hernández, alias “El Monstruo”, presentada como un logro significativo del Estado, expone tanto avances como profundas carencias en la lucha contra el crimen organizado. Su extradición desde Paraguay, el traslado bajo estrictas medidas de seguridad y su reclusión en la Base Naval del Callao reflejan la gravedad de los delitos que se le imputan. Sin embargo, que uno de los criminales más buscados haya operado durante años como líder de una organización dedicada a la extorsión y el secuestro evidencia fallas estructurales en la prevención, inteligencia y reacción oportuna del sistema de seguridad nacional.
Este caso emblemático ocurre en un contexto alarmante: la extorsión se ha convertido en una de las principales amenazas para la convivencia social y la economía del país. Las cifras son contundentes. Solo en los primeros días de 2026 ya se registran cientos de denuncias, mientras que más de seis millones de peruanos viven bajo el asedio de organizaciones criminales. El crecimiento sostenido del delito durante 2025 confirma que no se trata de hechos aislados, sino de un fenómeno que ha logrado conquistarse en amplios sectores de la vida cotidiana.
La expansión territorial de la extorsión agrava aún más el panorama. Ya no es un problema exclusivo de Lima, sino una realidad que golpea con fuerza a regiones clave del país. El sector transporte, convertido en blanco recurrente del cobro de cupos, ha pagado un alto precio en vidas humanas, mientras millas de pequeñas y medianas empresas operan bajo amenaza permanente. Esta normalización del miedo revela la capacidad de las mafias para imponerse allí donde el Estado no logra llegar con autoridad ni protección efectiva.
Aunque el Gobierno ha respondido con nuevas leyes y discursos de mano dura, la brecha entre denuncias y sentencias revela una crisis de impunidad que socava la confianza ciudadana. Más de 20 mil casos al año frente a apenas una decena de condenas es una señal inequívoca de colapso institucional. La captura de “El Monstruo” no debe ser el punto final ni un triunfo simbólico, sino el inicio de una reforma profunda y sostenida. De lo contrario, otros “monstruos” seguirán creciendo en la sombra de un Estado que llega tarde.