Las lluvias convirtieron a Villa El Salvador
en un espejo de su abandono estructural. Las principales avenidas del distrito
fueron tomadas por el agua, como si se tratara de ríos desbordados más que de
vías urbanas. Esta no es solo una consecuencia climática, sino la prueba
evidente de una gestión municipal que carece de planificación y prevención.
Mientras la población enfrentaba las inundaciones con baldes, las autoridades
apostaban por parches momentáneos en lugar de soluciones sostenibles que
prioricen la infraestructura urbana con enfoque de resiliencia.
La precariedad de las obras públicas, además, expone una lógica de gobierno que privilegia la apariencia sobre la funcionalidad. Rampas mal diseñadas, veredas irregulares y pistas recién inauguradas que ya presentan daños, revelan una cultura de obra sin supervisión ni estándares técnicos adecuados. Lo más indignante es que estos proyectos son presentados como logros, cuando en realidad son reflejo del desprecio por las verdaderas necesidades de la población. En Villa El Salvador, caminar puede ser tan riesgoso como transitar por una zona de guerra, especialmente para personas con discapacidad, niños o adultos mayores.
Este desprecio por la vida cotidiana del
vecino alcanzó su punto más trágico con la caída de Isabel Poma, una joven
madre embarazada que terminó gravemente herida tras desplomarse desde un muro
sin protección en medio de obras municipales. Este accidente, que puso en
riesgo dos vidas, no fue una fatalidad inevitable, sino el resultado directo de
una negligencia inexcusable: falta de señalización, ausencia de mallas de
seguridad y abandono de los estándares básicos de prevención. Que el municipio
prometa cubrir gastos médicos no es un gesto noble, es una obligación mínima
frente al daño causado.
Villa El Salvador merece más que comunicados y cambios de personal. Merece un gobierno local comprometido, con capacidad técnica y sensibilidad humana. Porque cada metro de vereda mal hecha, cada obra sin protección, cada calle inundada, es una afrenta a la dignidad de sus vecinos. Si la autoridad sigue gobernando con improvisación y marketing, el distrito terminará siendo un emblema del fracaso municipal. Es momento de que la gestión local asuma su responsabilidad y deje de construir promesas para empezar a construir seguridad, calidad de vida y futuro.