El pulso ciudadano en Villa El Salvador revela una preocupación que trasciende coyunturas: la calidad del debate político en el Perú. A doce días de las elecciones 2026, la pregunta no es menor: ¿predominarán las propuestas o los enfrentamientos? Las voces recogidas muestran un electorado cansado de la confrontación y ansioso por escuchar planes concretos que respondan a las urgencias del país. La expectativa es clara: menos espectáculo y más contenido.
Sin embargo, la experiencia reciente alimenta el escepticismo. Muchos ciudadanos perciben que los debates se han convertido en escenarios de ataque, donde los candidatos priorizan desacreditar al rival antes que explicar cómo gobernarán. Esta dinámica no solo empobrece el diálogo democrático, sino que también profundiza la desconfianza hacia la clase política. Cuando el intercambio de ideas es reemplazado por insultos o contradicciones, el principal perjudicado es el ciudadano que busca claridad para decidir su voto.
Aun así, entre las críticas emerge una demanda consistente: propuestas viables, especialmente en temas urgentes como la seguridad y la crisis económica que golpea a los sectores más vulnerables. La percepción de una “abundancia” que no llega al ciudadano común evidencia la desconexión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana. Los ciudadanos no solo quieren promesas; exigen coherencia, conocimiento del país y un compromiso real con la lucha contra la corrupción.
El desafío para los candidatos es doble: elevar el nivel del debate y reconectar con una ciudadanía que observa con atención, pero también con desconfianza. El Perú no necesita más confrontación vacía, sino liderazgo capaz de traducir problemas históricos en soluciones concretas. Si los aspirantes al poder no logran entender este mensaje, el debate presidencial corre el riesgo de convertirse, una vez más, en un espectáculo sin impacto real en la vida de los peruanos.